El GP de Italia del 2000 fue ganado por Schumacher. Esa carrera significó para él su victoria número 41 y con ella igualó los triunfos de Ayrton Senna. En la rueda de prensa, cuando le recordaron su logro, rompió a llorar desconsoladamente. El impacto y la presencia de Senna en la F1están más allá de lo razonable.

Cada deporte tiene sus ganadores. Personas o equipos admirados por sus logros. Todos estos triunfadores se pueden diferenciar en dos categorías. La primera, aquella que engloba una serie de campeones que redefinen los límites del deporte, dejando atrás en la historia una serie de marcas que otros aspiran a romper. La segunda, y la más extraña, un grupo que comprende una serie de individuos cuya presencia se ve confirmada por los registros menos tangibles que dejan tras de sí, y por el impacto que tienen en lo que realizan. Se trata de hombres y mujeres fuera de lo común, que por el peso de su personalidad, su habilidad, y su increíble talento se convierten en el rostro del deporte en el que participan, y la expansión de su influencia va más allá de los límites conocidos hasta el momento. Ayrton Senna era uno de estos hombres, un deportista con una capacidad casi evangélica de emocionar, de poner en pie a millones de personas, y de hacer llorar al propio Michael Schumacher en una rueda de prensa doce años después de su muerte.

La enorme personalidad de Ayrton Senna y su capacidad para hacer sentir a quienes le admiraban se hacía patente en cada entrevista, en cada gesto, al escuchar su voz, en su forma de entender la vida, y en sus victorias. Pero también convertía en especiales sus derrotas, y una de las más especiales fue la del Gran Premio de Mónaco de 1988. Lo más parecido a un viaje astral sentado en un monoplaza de F1 y en uno de los más difíciles escenarios del mundo, el circuito urbano del Principado.

Ayrton Senna y Alain Prost eran compañeros de equipo, los dos competían bajo las órdenes de Ron Dennis, y los dos tenían en mente ganar el Campeonato del Mundo. Ellos, con su guerra particular, marcaron una época entre las personas que admirábamos el talento para pilotar de los hombres más rápidos del mundo.

Todo comenzó en los entrenamientos oficiales del Gran Premio de Mónaco de 1988. Alain Prost marcó un tiempazo y se retiró a boxes, pero el brasileño Ayrton Senna, en su última tanda comenzó a destrozar el crono. En cada vuelta era más rápido, en cada vuelta su tiempo era mejor, hasta que llegó a sacarle al francés un larguísimo segundo.

Así lo explicaba el hombre que se sentía cerca de Dios mientras era sacudido por un Fórmula Uno:

Recuerdo que corría más y más deprisa en cada vuelta. Ya había conseguido la pole por unas décimas de segundo, luego por medio segundo, después por casi un segundo y, al final, por más de un segundo. En aquel momento me di cuenta, de repente, que estaba pasando los límites de la consciencia.

Tuve la sensación de que estaba en un túnel, el circuito, para mí, era sólo un túnel. En ese momento me sentí vulnerable. Había establecido mis propios límites y los del coche, límites que jamás había alcanzado. Aún mantenía el control, pero no estaba seguro de lo que estaba sucediendo exactamente: yo corría… y corría… Fue una experiencia espantosa. De repente me di cuenta de que aquello era demasiado. Fui despacio hacia los boxes y me dije a mí mismo que aquel día no regresaría a la pista. Fue una experiencia que nunca más se repitió con tanta intensidad, y deliberadamente, no volví a permitirme llegar tan lejos.

Ayrton Senna tuvo una experiencia de conducción única, y eso le hacía ser tan especial. Su cuerpo, su mente, y sobre todo su espíritu se fundían con el monoplaza y pilotaba casi de manera extrasensorial. La mente de Senna era el sistema de ingeniería más poderos y complejo de todo el Mundial de Fórmula Uno. Ron Dennis habló muchas veces de su intelecto, de su dureza en pista, y de la forma que tenía de llevar al límite un coche de competición. Senna corría para ganar y ponía todo su cuerpo y su alma a disposición de esa tarea. Alain Prost, el profesor, era calculador y realista, un hombre que pensaba y pilotaba con la cabeza, un ilusionista del volante y de controlar su entorno.

El domingo se celebró la carrera del Gran Premio de Mónaco 1988. Ayrton Senna mantuvo su primera plaza y comenzó a escaparse rodando en solitario. Dejó atrás a su rival más directo, Alain Prost, hasta tenerle a una distancia de 55 segundos. En ese instante Prost apretó los dientes y fue recortando tiempo a su compañero de equipo. La presión que ejercía Prost, siendo hasta dos segundos más rápido que Senna, la sentía el brasileño en su cabeza.

Ayrton Senna busco los límites de su mente y de su McLaren mejorando sus tiempos, hasta que en la vuelta 67, su carrera terminó contra las protecciones justo antes de la entrada al túnel.

Senna tenía su propia explicación sobre un accidente, en el que su cerebro ejerció el papel privilegiado que siempre tenía en un hombre que sentía las carreras con la intensidad de un huracán, y que así nos las hacía sentir a los demás.

Y así lo explicaba:

El accidente me dio mucho que pensar, me hice muchas preguntas. Aquello no fue sólo un error de pilotaje. Era el resultado de una lucha interna que me paralizaba y me convertía en invulnerable. Tenía un camino hacia Dios y otro hacia el diablo. El accidente sólo fue una señal de que Dios estaba allí esperándome para darme la mano. Mi familia y yo salimos confortados gracias a aquel accidente, y yo aumentada mi fe y mi energía espiritual.

Ayrton Senna siempre corría para ganar realizando lo imposible para lograrlo, y le impulsaba un fiero espíritu competitivo. Siempre vivió su pasión con una sensibilidad única, y siempre fue consciente de sus límites.

Supongo que también lo fue de la fugacidad de su vida, pero no creo que fuera consciente de lo que marcaría en los demás su paso por el mundo y por el deporte que todos amamos.

Ayrton Senna Gran Premio de Mónaco de 1988