Desdibujado en los primeros cuatro Grandes Premios de la temporada, como no hay quinto malo, en Montmeló despertó el fenómeno dormido, y el inglés de Mercedes pasó por encima de sus rivales con una superioridad apabullante

Muchas expectativas había ante el primer Gran Premio “normal”, o sea el primero que se disputaba en Europa, en un trazado, el de Montmeló, en el que todos los equipos están sobrados de referencias, dado lo que se utiliza para hacer test, si bien los de éste año, por culpa del agua y del frío, nieve incluida, no favorecieron que se pudiesen sacar conclusiones definitivas de dónde estaba cada escudería.

La carrera de Montmeló era especialmente ilusionante para los que, todavía a día de hoy, siguen esperando que el McLaren de Fernando Alonso de un salto adelante tan grande como para poder meterse, si no en la lucha por el título, sí al menos por los podios, algo que desde el principio de la temporada, incluso desde finales de la pasada, venimos diciendo que es una quimera, más producto de la “propaganda” y la “venta de humo” sin sustento de la prensa española en general, que de la triste realidad de un equipo que ha sido de los mejores de la historia de la categoría pero que, por diferentes razones está actualmente totalmente fuera de juego ante los grandes que, en estos años son Mercedes, Ferrari y Red Bull y que, si no fuese por el talento de Alonso, en todas las carreras estarían por detrás, incluso, de los Haas y de al menos uno de los Sauber, el de Charles Leclerc, un chavalote que apunta muy buenas maneras y que tiene un futuro prometedor quizás, incluso, en Ferrari.

Los primeros compases del Gran Premio fueron, paulatinamente, poniendo a todo el mundo en su sitio, y si algo destacó en Montmeló fue la determinación de un Lewis Hamilton que en las primeras carreras de la temporada parecía como perdido, superado incluso por su compañero de equipo, tanto en la parrilla como en las carreras, y que en España volvió a su mejor versión, apabullando a sus rivales y demostrando el inmenso talento que tiene y que, cuando se acopla a su coche como si los dos fuesen uno, es imbatible. Y en Montmeló pasó esto.

En la clasificación para la parrilla de salida, pole estratosférica de Lewis Hamilton, que lideró unos entrenamientos que colocaron a los coches a pares, y en fila india detrás del ésta vez pletórico campeón del mundo: 1º y 2º los Mercedes, 3º y 4º los Ferrari, (Vettel y Raikkonen), 5º y 6º los Red Bull, (Verstappen y Ricciardo). A partir del 7º empezaban a aparecer “los otros”, con Kevin Magnussen y su Haas Ferrari liderando el pelotón de los “segundones”, con Fernando Alonso 8º y Carlos Sainz 9º, “emparedados”, por décimas, entre los dos Haas, ya que el 10º fue Romain Grosjean, completándose así los pilotos que entraron en la Q3, tanda clasificatoria en la que, por cierto, era la primera vez de la temporada en la que conseguía entrar Fernando Alonso, dando unas esperanzas a sus seguidores que, por las verdaderas prestaciones de su McLaren, eran un espejismo.

En todo caso es cierto que el McLaren incorporó algunas mejoras, y que mejoró, pero no lo es menos que los demás equipos también lo hicieron. En la Fórmula 1 nadie se duerme en los laureles, y recuperar el tiempo perdido, y reducir la distancia con los mejores, no solo es cuestión de dinero, del que McLaren, por cierto, no está precisamente sobrado, ni de tiempo, sino que es producto de una conjunción de factores, en el que, además del tiempo y del dinero, hace falta un buen motor y mucho talento, genialidad, singularidad y soluciones novedosas, algo que en McLaren han perdido hace tiempo, o al menos lo han perdido más que sus principales rivales, que es donde ahora trabajan muchos de los otrora geniales diseñadores y proyectistas del equipo inglés. Visto lo visto en Montmeló, la temporada, y el futuro, sigue pintando bastos para Fernando Alonso, y a nadie debería sorprender que ésta sea la última temporada del asturiano en la Fórmula 1, algo que algunos entendidos, y muy bien informados protagonistas de la categoría, empiezan a dar por seguro.

En cuanto a la carrera, muy poco que contar. Salida fulgurante y dominio apabullante de Lewis Hamilton desde los primeros metros, y solo unas vueltas de esperanza para los Ferrari, con Sebastien Vettel superando en la salida a Valtteri Bottas. Por detrás, en la “montonera” que se forma a partir de la 3ª o 4ª fila, ésta vez no salió demasiado bien Alonso, (salía, como decíamos, 8º, por la parte sucia de la pista), que se encontró con un “strike” involuntario de Romain Grosjean que, saliéndose por la hierba, acabó cruzando la pista, llevándose “puesto” a Nico Hulkenberg, (que había salido como un rayo, ya que venía 8º puestos pode tras de Alonso y 6 por detrás de Grosjean…), y a Pierre Gasly. Lo que ocurrió fue que Kevin Magnussen hizo un brusco cambio de dirección y Grosjean, para no chocar contra él, se tuvo que ir fuera de la pista, perdiendo el control de su Haas, volviendo a la pista y metiéndole un buen “talegazo” a dos pilotos que enterraban, apenas recorridos unos metros, sus pocas opciones de hacer algo decente en Montmeló. Para colmo, a Grosjean le metían una sanción de 3 puestos en el peor circuito para sufrirla: Mónaco.

Por delante, Hamilton era una apisonadora. Para que se hagan una idea de la superioridad del inglés de Mercedes, en la vuelta 34, de 66 que tenía el Gran Premio, Hamilton dobló a Alonso. Y eso que el asturiano acabó 8º. Lo mismo, doblarlos, hizo el de Mercedes con el 7º y el 6º, y solo los 5 primeros, Hamilton, Bottas, Verstappen, Vettel y Ricciardo, acabaron en la misma vueltas que el ganador. Y si os hace falta algún dato más que complete la explicación del “baño” que Hamilton les pegó a todos sus rivales, decir que el 2º, su compañero de equipo, acabó a 20 segundos del inglés.

Poco de sí dio una carrera que no pasará a la historia por lo emocionante o impredecible. Para ejemplificarlo, basta decir que, respecto a las posiciones de la parrilla de salida, los únicos cambios se produjeron, en el caso de Vettel, que salía 3º y acabó 4º, por o un error de estrategia de Ferrari, que hizo 2 paradas cuando los demás fueron a una, o porqué, como decían en el equipo italiano, el desgaste de los neumáticos les obligó a hacer una 2ª parada no deseada. Los otros cambios entre los 10 primeros, y que justificaron que Carlos Sainz acabase 7º y Fernando Alonso 8º fueron, por un lado, el abandono de Kimi Raikkonen, con el que ambos ganaban un puesto, y por el otro, que Alonso se vio metido en el lío que provocó Grosjean en la salida, perdiendo varias posiciones, lo que justificó que Sainz Jr. acabase por delante del asturiano, cuando en parrilla, aunque por milésimas, salía detrás de él.

La próxima cita, el mítico y mágico Mónaco, aportará una emoción, la de la dificultad y peculiaridad del trazado, que no aportó el Gran Premio de España, aunque, como saben, la carrera se decide más en la clasificación para la parrilla que en las 78 vueltas al trazado monegasco.

Por cierto: 78, tantos como las vueltas que hay que dar en Mónaco, son los ayuntamientos que tiene Asturias. ¿Será éste un número “talismán” para Fernando Alonso? Pueden apostar que no. Y es que el piloto asturiano está tan sobrado de talento como carente de un coche competitivo y, aunque el talento, si en algún sitio se nota, es en Mónaco, el de Alonso no es suficiente para compensar, ni siquiera allí, las carencias de su monoplaza.

Disfrútenlo, (a Alonso), lo poco que le queda en la Fórmula 1. Aunque no vuelva a ganar. Este año parece ser el último.