Nunca es fácil ganar una carrera que dura 24 horas, y de hecho Toyota todavía no lo había conseguido a pesar de sus muchos intentos. El primer triunfo de los japoneses ha llegado en la edición 2018 de la mítica prueba de resistencia y con el asturiano Fernando Alonso al volante

De las 24 Horas de Le Mans 2018 no puede decirse que haya sido una carrera emocionante ni de resultado incierto ya que, salvo una avería, nunca descartable cuando se somete a una máquina a tanto esfuerzo y durante tanto tiempo sin parar, antes de empezar la prueba ya estaba claro que la ganaría un Toyota. La única duda estaba en ver si lo conseguía el equipo más fuerte, o sea el Nº 8, el coche en el que estaba Fernando Alonso, o el Nº 7, que pilotaban “Pechito” López, Mike Conway y Kamui Kobayashi, tres pilotos que, sin ser del montón, no tienen, ni de lejos, el talento y la experiencia del asturiano, al que acompañaban Kazuki Nakajima y Sebastien Buemi.

El inesperado abandono de Porsche a principio de la temporada dejó en “cuadro” a la categoría máxima, la de los LMP1 que, con solo Toyota como marca oficial, con dos coches, y apenas 10 competidores de la categoría en liza, permitía suponer una carrera casi vista para sentencia antes de empezar, algo que dejaron claro los entrenamientos y la clasificación para la parrilla de salida, ya que los Toyota, sin necesidad de esforzarse al máximo para conseguir la pole, (la hizo Nakajima, el compañero de Alonso), eran muy superiores a sus rivales.

La superioridad estaba tan clara, incluso entre los dos Toyota, (el mejor tiempo de Nakajima fue 2 segundos mejor que el mejor tiempo del Toyota Nº 7), como que el tercer clasificado, el LPM1 del equipo suizo Rebellion, se quedó a 4 segundos del tiempo de la pole, una distancia a la que también quedaron en la parrilla el 4º y el 5º LMP1. Semejante superioridad permitía hacer cálculos y los números no dejaban dudas: en cada hora  de carrera, los hipotéticos rivales de los Toyota perderían casi un minuto, lo que al final de la carrera situaría a los perseguidores de los coches japoneses a entre 20 y 30 minutos. O lo que es lo mismo: una eternidad.

La carrera, y sin restarle ningún mérito a la fantástica victoria de Fernando Alonso, prácticamente no tuvo más historia que la del relevo nocturno del asturiano. El resto fue ir viendo cómo pasaban las horas, aprovechando los Toyota las paradas para ajustar todo lo ajustable, cambios de alerón trasero incluido en más de una ocasión, y sin necesidad, vista la diferencia con la que llegaron a las últimas horas, de que los jefes del equipo nipón tuviesen que dar “órdenes” de equipo para que sus dos coches dejasen de correr entre si.

Y fue así como la única parte de la carrera digna de mención fue cuando Fernando Alonso, después de descansar un par de horas por la noche, ya de madrugada, tuvo que hacer el relevo del francés Buemi, después que el galo perdiese mucho tiempo al meterse en un lío de “tráfico”, doblando coches después de una zona de bandera amarilla, y que acto seguido cometiese el error de adelantar en lo que llaman una “slow zone”, (una zona lenta por culpa de una bandera amarilla), lo que le costó una penalización de un minuto en su box, más el tiempo perdido al entrar y salir del pit lane.

Para colmo, una vez sancionado, Buemi se descentró, y vuelta tras vuelta perdió ritmo, y así fue como Fernando Alonso tomó el volante del Toyota Nº 8 con algo más de dos minutos perdidos respecto al que en ése momento pilotaba el argentino “Pechito” López. A partir de ése momento, de noche cerrada, Alonso empezó a restar segundo tras segundo al otro Toyota, acercándose a 40 segundos del Nº 7 a la hora de entregarle el volante a su compañero Nakajima, al que animó antes de entrar en el box para cederle el volante diciéndole: “Sé bravo”.

La clave de la remontada estuvo, además de en el talento de Alonso, que no admite comparación con ninguno de sus compañero de equipo, en que el estilo de conducción del asturiano conseguía que en su coche las ruedas se calentasen mucho más, algo que por el día podría ser un hándicap, ya que unida al calor del día la degradación sería mucho mayor, mientras que por la noche, con temperatura ambiente, y de la pista, mucho más baja, conseguir que los neumáticos estuviesen en su temperatura óptima de funcionamiento es, fue, una ventaja.

Nakajima completó el trabajo que había empezado Alonso, y así el Toyota Nº 8 llegó a las primeras luces de la mañana, después de 16 horas de carrera, con medio minuto de ventaja sobre el Toyota Nº 7, que había sido líder de la carrera durante algo más de 8 horas, desde la 7ª hasta la 15ª. Buemi, recuperado moralmente del golpe que para él había significado la pérdida de tiempo y la sanción recibida, volvió al volante con mucho ánimo, manteniéndose en los tiempos de sus compañeros de coche, y ayudando, sin cometer errores, a llevar al Toyota Nº 8 a la victoria, algo a lo que ayudó también que, en su afán de no seguir perdiendo tiempo, el otro “japo”, el del Nº 7, Kamui Kobayashi, sobrepasó el límite de vueltas máximas sin parar en boxes, lo que justificó una penalización que ya dejó al Toyota Nº 7 totalmente fuera de la lucha con el coche de Alonso, acabándose allí la pelea entre los dos Toyota, lo que fue una “liberación” para el jefe del equipo, Paul Vasselon, ya que no se vio obligado a decir “hasta aquí hemos corrido”, y parar a sus pilotos que, luchando entre si, podían dar al traste con una victoria anhelada y soñada por los japoneses. De hecho “Pechito” López, en su intento de recortar distancia con Fernando Alonso, llegó a marcarse un trompo descomunal en la entrada a la recta de meta, justo después de la chicane, que se saldó solo con la pérdida de tiempo pero que podría haber acabado con el Toyota Nº 7 estampado contra el muro.

Con ésta victoria, Fernando Alonso agranda su ya de por si voluminoso y brillante palmarés, ganando Le Mans en su primera participación, algo que, siendo notable, el día anterior a la carrera ponía en su contexto real “Mister Le Mans”, el danés Tom Kristensen, que ganó la prueba 9 veces, y que al preguntarle si Fernando Alonso podía ganar la carrera, contestó: “Sí. Claro. Yo gané Le Mans a la primera. Y no soy Alonso…”

Con ésta victoria, no hace falta conocer mucho a Fernando Alonso para poder afirmar que su próximo objetivo no será otro que el de ganar las 500 Millas de Indianápolis y completar así la Triple Corona, un logro, el de ganar Mónaco, las 500 Millas de Indianápolis y las 24 Horas de Le Mans, que solo ha conseguido un piloto en la historia: el mítico Graham Hill. La Fórmula 1, en la que ya no le queda nada por demostrar, y en la que difícilmente volverá a tener un coche ganador, empieza a ser pasado para Fernando Alonso. El futuro del asturiano está en los óvalos americanos o, mejor dicho, en “el” óvalo norteamericano.